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Por Jose L. Menéndez: Master Coach y Experto en Neurociencia aplicada

Me llamó a su despacho, me dijo con tono suave: Jose “¿Puedes venir un momento? necesito decirte algo importante”  la pausa con la que me lo decía, era como que algo le preocupaba, pero yo no adivinaba que podía ser, pues la última vez que hablé con ella, hace unas dos semanas, parecía estar todo bien de su lado, en la empresa y por supuesto conmigo.

No recuerdo exactamente sus palabras, pero lo último que dijo fue: “Lo siento mucho, pero la noticia que te tengo que dar tampoco me gusta a mí”.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras ella intentaba justificar las circunstancias empresariales que habían hecho tomar esa decisión. Que si mi puesto va a cambiar, que si la empresa necesita adaptarse a las nuevas demandas, que si mi experiencia sería mejor aprovechada en otro entorno. En fin, tal y como me estaba sintiendo, igual ni dijo nada de eso, y yo me lo imaginé, pues apenas podía creerme lo que estaba viendo que iba a pasar.

Me quedé parado, de pie, no quería sentarme a pesar de su invitación con la mano a tomar asiento, con las manos en los bolsillos del pantalón, pues no sabía que hacer con ellas. Bueno, si lo sabía, quería llevármelas a la cara para llorar y no mostrar las lágrimas, pero en lugar de eso, intentaba no llorar, y aparentar que era fuerte. Traté de decir algo pero no pude. Y aunque no me suelen faltar palabras, ese día me quedé mirándola como un idiota. Con gesto entre enfado, tristeza, rabia….

¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me sentía rechazado? Como si mi novia me estuviera diciendo “ya no te quiero”, y yo sin haber captado una sola señal.

En los últimos años, estudiando neurociencia he aprendido que nuestra relación más íntima es la que existe entre la cabeza y el corazón. Entre estos dos órganos se comunican a través de la arteria carótida común, como si fuera el teléfono rojo de línea directa entre Moscú y Washington, que envía sangre del corazón al cerebro a la asombrosa velocidad de 91 cm por segundo.

El cerebro ha desarrollado mecanismos para percibir el peligro y responde de inmediato a la presencia de cualquier amenaza. Cuando identifica una amenaza, hace una llamada de urgencia al hipotálamo, el centro de control de nuestro sistema hormonal.

Acto seguido, el hipotálamo pone en marcha el sistema nervioso simpático y aumenta los niveles de cortisol en nuestras venas. Nuestro sistema se llena de adrenalina. El corazón se acelera, con lo que aumenta el flujo sanguíneo que llega a nuestros órganos vitales. Nuestras vías respiratorias se abren. Con cada respiración, estamos más alerta. Nuestras pupilas se dilatan. En presencia del peligro, estamos preparados para luchar.

La respuesta psicológica al rechazo es totalmente distinta de la que mostramos ante la amenaza. Tenemos una necesidad innata de aceptación, al igual que necesitamos agua y alimento para sobrevivir. Al contrario de lo que sucede cuando nos enfrentamos al peligro, el rechazo activa nuestro sistema nervioso parasimpático.

El cerebro envía una señal a través del nervio vago hasta nuestro corazón y estómago. Los músculos de nuestro sistema digestivo se encogen y nos provocan un vacío en el fondo del estómago. Nuestras vías respiratorias se contraen y dificultan la respiración. El ritmo cardiaco se detiene de manera tan evidente, que, literalmente, se siente como si nuestro corazón se estuviera rompiendo.

Después de escuchar aquellas fatídicas palabras de despido (pero que más bien lo sentía como un rechazo personal), me fui a casa, y allí llorando desconsoladamente y me dejé abrazar  por mi pareja.

Mi pareja me dijo: “no te preocupes, encontrarás un nuevo trabajo, alguien que aprecie tus cualidades y conocimientos”. Pero esas palabras, aún no servían para nada, mi cabeza me dolía tanto, que ese despido, mi primer despido de una empresa (y el único) lo sentí, como si alguien me hubiera dicho “no vales para nada”. Ya sé, que son bobadas, y que tu (el lector) pensarás “veras como se te pasa”, pero eso no me quita, no me quitó el gran dolor de cabeza, e incluso del corazón. Me sentía rechazado, y oir ese tipo de frases clichés, no surtían ningún efecto, más bien, era como que la persona que me hablaba, no me entendía.

Según lo que había estudiado en cursos de Neurociencia, yo sabía que mis emociones dependían de los químicos de mi cerebro. Quería usar la ciencia para razonar conmigo mismo, convencerme de que pronto las hormonas se estabilizarían y comenzaría a sentirme mejor. Pero ¿cómo puedo utilizar palabras para combatir con “raudales” de química en mi cerebro?

No puedo, antes debo esperar a que se estabilice, con el tiempo, y si es haciendo ejercicio o actividades que me ayuden a crear dopamina, mejor. O buscar otra química que balance la adrenalina y el cortisol, que como si fueran secuestradores, se apoderaron de mi cerebro prefrontal, el que toma tiene las funciones ejecutivas, y que en ese momento de la noticia, y por horas, era como si estuviera maniatado a una silla y con la boca vendada.

Quería regresar al momento en que todo estaba en calma, era rutinario e inspiraba confianza. Entonces, todo era fácil y sin dolor. (Aunque eso tampoco sea el escenario ideal para crecer profesionalmente).

Recordaba momentos en reuniones, donde mi superiores me felicitaban con una palmadita, incluso un fuerte apretón de manos, produciéndome torrentes de oxitocina desde mi glándula pituitaria posterior y reducía mis niveles de cortisol, envolviéndome en una compasión tácita.

Con la dopamina que emanaba a raudales de mi núcleo accumbens, me dejaba llevar por sentimientos de euforia y de dicha. Me iba a casa satisfecho por mi trabajo, feliz del lugar donde estaba trabajando.

No es casualidad que las emociones positivas sienten tan bien; las hormonas que se liberan cuando estamos felices, enamorados o conectando empáticamente con otros, y nos sentimos valorados ayudan a regular nuestro ritmo cardiaco en un patrón “coherente”. Los latidos rítmicos hacen que el cuerpo adquiera la misma cadencia de tal modo que el resto de los mecanismos homeostáticos se realizan de forma sincrónica. Con mi cuerpo en equilibrio, la vida era mucho más fácil.

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Desearía poder decir que me recuperé rápido de aquel “despido = rechazo”. Para poder hacer que los demás pensaran que así fue, oculté mi dolor, lloraba en la ducha y por la noche, con la esperanza de que mi compañera no me escuchara.

Me sentía avergonzado mientras recordaba las palabras de mi padre: “Si no te quieren, búscate otro trabajo donde te quieran”. Traté de pasar más tiempo con mis amigos, pero ellos tenían trabajo, y era complicado sacarles de sus rutinas entre semana.  Había estudiado que el corazón roto es como cualquier otro dolor y lleva tiempo aliviarlo, pero claro, oírlo, saberlo no es lo mismo que experimentarlo. Al menos, el conocimiento no me quitaba el dolor.

Lo curioso del dolor que produce el un rechazo, de alguien a quien quieres,  es que nuestro cuerpo lo percibe como un dolor físico. El amor activa los mismos centros de recompensa neurológica que la cocaína, y el rechazo, como el desamor pueden ser parecidos al síndrome de abstinencia que se siente cuando se lleva a cabo un tratamiento para dejar una droga o el alcohol.

(esto mismo lo aprendí también, con una clienta enamorada, y que quería volver con su pareja que le había rechazado, y fue uno de mis “lecciones de coaching” más dolorosas, ya que no sabía entonces sobre lo fuerte que es la química en este tipo de situaciones, donde lo cognitivo no es suficiente)

Sin importar si sentimos dolor por la abstinencia o experimentamos rechazo emocional, las neuronas en nuestra corteza anterior e insular comienzan a activarse. Pensamos que la única forma de sentirnos mejor es volver a sentirnos extasiados y físicamente anhelamos sentirnos así de nuevo.

Al igual que los adictos, no podemos pensar con claridad y tenemos una diatriba interna para tomar cada decisión: “¿Debería volver a la empresa y pedir explicaciones? No, no actúes como desesperado”. A medida que los receptores del dolor se activan, el resultado es que nos sentimos rotos, física y emocionalmente.

No obstante, lo que no sabía en aquel momento es que hay algo que puede ser nuestra salvación. La medicina moderna nos ofrece un remedio que no requiere receta médica y que ha demostrado mejorar los efectos emocionales de un rechazo doloroso de este tipo o una desilusión amorosa.

En una investigación que se publicó en 2010, los científicos descubrieron que el acetaminofén puede reducir la respuesta física y neuronal asociada con el dolor del rechazo social, ya se trate de relaciones románticas, laborales, amistades o de cualquier otro tipo.

Así que si te duele el corazón, toma un poco de Tylenol.

Con el tiempo, la abstinencia desaparece, así como el dolor del rechazo. Detesto todo lo que lloré y el tiempo que perdí extrañándolo. Detesto lo mucho que dolió, pero a pesar de todo me siento agradecido por la experiencia que viví allí, porque me enseñó lo que significa ser apreciado como persona, aunque a veces las circunstancias hagan que se rompa las relaciones.

Ahora sé lo que quiero: una relación laboral, (y personal también) que me llene de dopamina y regule mi ritmo cardiaco cuando me dan reconocimiento sentido, con un buen apretón de mano o incluso un abrazo verdadero. Sabré que está bien cuando pueda hablar con toda libertad durante horas y cuando me sienta igual de bien en silencio. Ya no paso mucho tiempo buscando ese sentimiento, preguntándome cómo debería sentirse en este tipo de relaciones, porque lo reconoceré cuando llegue y no lo forzaré si no está ahí.

Hace poco, fui yo quien tuvo que despedir a gente que me importaba.

Traté de dar por terminada la relación con suavidad y respeto, pero sus ojos no ocultaron su tensión ni su confusión mientras su sistema nervioso parasimpático se activaba al darle mis razones para terminar la relación. Ahora puedo imaginarme cómo se contraían los músculos de su sistema digestivo y su corazón latía más lento.

Sé cómo es. Sabía que estaría bien, y quería decírselo, pero la experiencia me había enseñado que yo no era la persona correcta para ayudarle, y que el tiempo la sanaría.

Este conflicto entre mi cabeza y mi corazón (de mi deseo de ofrecer consuelo, sabiendo que no podía) hacía temblar mi cuerpo y aceleraba mi pulso, haciéndome saltar también alguna lágrima. Así que todo lo que hice fue darle un abrazo de despedida y dejar que se marchara, esperando que alguien más pensara en darle Tylenol. O esto, o que hiciera ejercicio físico para restablecer el dolor que su cerebro sentía, lo antes posible.

 

Jose L. Menéndez

Fundador y CEO de OlaCoach Corporate

Creador del Método CHAMPION MIND ®

Master Coach y Experto en Neurociencia aplicada

Al desarrollo del Liderazgo

NOTA: Esta es una adaptación de un artículo en el New York Times escrito por Melissa Hill, y relacionándolo a un caso personal real.

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